Como ganaba también gastaba … Como empecé a ganar, empecé a gastar. Suena irresponsable dicho así, pero la verdad es que durante años había vivido contando monedas, calculando gastos y postergando cosas que quería hacer. Por primera vez tenía dinero suficiente para pensar más allá de llegar a fin de mes. Y empecé a cumplir metas. La primera fue independizarme. Siempre había soñado con vivir sola. Tener mi propio espacio, decorar a mi gusto, llegar a la hora que quisiera y no tener que darle explicaciones a nadie. Así que me atreví. Arrendé un departamento. Todavía recuerdo la emoción del primer día. Entrar y ver las llaves en mi mano. Caminar por habitaciones vacías que, por primera vez, eran completamente mías. No importaba que faltaran muebles o que hubiera cajas por todos lados. Para mí era un palacio. Era la prueba de que estaba logrando cosas que antes parecían imposibles. Y como toda persona que empieza a tener dinero después de haber pasado necesidades, cometí el error de creer que la plata nunca se iba a acabar. Así que seguí cumpliendo caprichos. Uno de ellos fue comprarme una moto. No la necesitaba. Ni siquiera era una compra inteligente. Pero la quería. Me encantaba la sensación de libertad que me daba. Sentir el viento en la cara, moverme por la ciudad sin depender de nadie y llegar a cualquier lugar en minutos. Me sentía invencible. Dueña de mi vida. Como si finalmente estuviera recuperando todo lo que antes no había podido tener. Mirándolo en retrospectiva, creo que no estaba comprando solamente un departamento o una moto. Estaba comprando independencia. Estaba comprando libertad. Estaba comprando la sensación de que por fin podía construir la vida que siempre había imaginado. Y por un tiempo, funcionó. Me sentía feliz. Realmente feliz. Aunque todavía no entendía que ganar dinero era mucho más fácil que aprender a administrarlo. DUDAS… Mientras mi vida seguía avanzando, también seguía viéndolo a él. Al principio eran salidas esporádicas. Un café, una comida, una conversación que se alargaba hasta la madrugada. Pero con el tiempo empezamos a compartir cada vez más. Todavía no éramos oficialmente pololos, pero tampoco éramos solo amigos. Estábamos en ese punto extraño donde ninguno pone nombre a lo que pasa, aunque ambos saben perfectamente que está pasando algo. Y la verdad es que lo pasábamos increíble. Viajamos a distintas regiones, conocimos lugares hermosos, improvisamos escapadas de fin de semana y acumulamos recuerdos por todas partes. También recorrimos una cantidad absurda de moteles en Santiago. Algunos buenos, otros horribles y otros tan extravagantes que parecían sacados de una película. Nos reíamos mucho. Éramos cómplices. Nos gustaba estar juntos. Él trabajaba en una pega normal. Se levantaba temprano todos los días y ganaba el sueldo mínimo. Aun así, gastaba prácticamente todo lo que podía en nuestras salidas. Y yo lo veía esforzarse. Pero también sabía una verdad que él desconocía. Por mucho que él gastara, yo gastaba bastante más. Muchísimo más. Si quería salir a comer, salíamos. Si quería arrancarme un fin de semana, me arrancaba. Si quería comprar algo, lo compraba. Vivía como si el dinero apareciera por arte de magia. Y durante un tiempo nadie hizo preguntas. Hasta que empezó a hacerlas él. Porque seamos honestos. Cualquier persona en su lugar habría sospechado. Yo supuestamente trabajaba como promotora, pero tenía un departamento propio, una moto, ropa nueva constantemente y una facilidad para gastar dinero que simplemente no cuadraba con la historia que le había contado. Al principio eran comentarios disfrazados de bromas. —Oye, ¿segura que eres promotora? —¿Y dónde pagan tan bien? —Avísame para mandar mi currículum. Nos reíamos. Yo cambiaba de tema. Y seguíamos adelante. Pero con el paso de los meses las bromas dejaron de sonar tan inocentes. Las preguntas comenzaron a aparecer con más frecuencia. Y las respuestas empezaron a costarme más. Porque cuando una mentira dura demasiado tiempo, llega un momento en que ya no basta con recordarla. Hay que alimentarla. Hay que crear nuevas mentiras para sostener las anteriores. Y sin darme cuenta, eso era exactamente lo que estaba haciendo. Mientras más me enamoraba de él, más grande se volvía el secreto que nos separaba.