VIVIENDO DOS MUNDOS Después de un tiempo empecé a separar mi vida en dos. Por un lado estaba el trabajo. Las habitaciones, las historias, los clientes y las lecciones que iba aprendiendo a la fuerza. Por el otro estaba mi vida real. O al menos eso intentaba creer. Comencé a salir más. Ya no quería pasar mis días libres encerrada en casa. Empecé a conocer bares, pubs, restaurantes y discotecas. Quería reírme, distraerme y sentirme como cualquier mujer de mi edad. Y funcionó. Conocí mucha gente. Algunos desaparecieron tan rápido como llegaron. Otros se quedaron un poco más. Entre conversaciones, salidas y noches interminables, fui construyendo una vida fuera del trabajo. En esos arranques conocí a un tipo, amigo de mis "amigos", Al principio fue una persona más entre tantas. Intercambiamos números, hablamos de vez en cuando y coincidimos algunas veces con amigos en común. Nada extraordinario. Pero los meses fueron pasando y cada vez hablábamos más. Hasta que un día, sin darme cuenta, estaba esperando sus mensajes. Y poco después comenzamos una relación. Por primera vez desde que había entrado al rubro sentía que tenía algo parecido a una vida normal. O al menos eso quería creer. Porque nuestra relación tenía un problema enorme. Gigante. Él pensaba que yo trabajaba como promotora. Y yo nunca lo corregí. Cada vez que me preguntaba por mi trabajo, repetía la misma historia. Una mentira que al principio parecía pequeña, pero que crecía con cada cita, con cada beso y con cada día que pasábamos juntos. Mientras más lo quería, más difícil se volvía decir la verdad. Y mientras más tiempo pasaba, más miedo me daba perderlo. Lo que comenzó como una simple omisión terminó convirtiéndose en el secreto más grande de nuestra relación. Y yo todavía no entendía que las mentiras tienen algo curioso. Nunca se quedan del tamaño en que nacen.